“ ALFONSO CANO, VEA ESTA COLOMBIA ” *
* Ingrid Betancourt
La guerra, elemento fragmentador por excelencia, llevada a sus límites se transforma en su contrario: un potente factor unitivo. Asuntos alquímicos, diría Cirlot.
Todo pueblo necesita referentes de congregación, los que en nuestro caso no han surgido del pérfido Congreso de la Republica, ni aún del gobierno de turno, sino de un puñado de hombres armados que durante medio siglo han cuestionado el régimen, y al final se han convertido, tristemente, en la armadura más eficaz del régimen.
El arrebato de la libertad, el encadenamiento, es una práctica abominable.
Un solo colombiano secuestrado, es suficiente para sentirnos tristes y elevar una viva protesta, y en Colombia aún hay cientos, que ya no son ‘prisioneros de guerra’, denominación hoy totalmente desfigurada.
El secuestrado es, sin ninguna duda, nuestro símbolo nacional. Un símbolo que supera la coyuntura y la condición individual, para manifestar la oscura historia de terrores, segregación y pobreza; la misma que, con o sin FARC, aún estará ahí cuando después de la victoria abramos los ojos, como el dinosaurio de Monterroso.
Habría que separar la protesta por el secuestro, de la petición de un proceso de paz a fondo en Colombia, y de la fiesta de independencia nacional, cuyos 200 años Uribe ha intentado evadir, igual que los cincuenta años de la muerte de Gaitán, porque en su afán de construir un pueblo sin memoria sospecha que todo aniversario emancipatorio encierra terrorismo.
La euforia producida por los operativos y los conciertos musicales, no puede confundirse con lo que el Presidente de Perú, Alan García, denominó como “un proyecto de libertad del pueblo colombiano y de todos los pueblo de Latinoamérica”. Una interpretación sin duda excesiva, al mejor estilo del entrañable mesianismo latinoamericano.
Cabeza fría, estricta vigilancia en el manejo de la opinión y mucha revisión histórica, es lo que necesitamos para abordar un verdadero proceso de paz en Colombia, que difícilmente podría emerger de la ebriedad de los festejos.
Una cosa es el proyecto de país de Uribe, que la guerra no deja ver ni discutir racionalmente, y otra muy distinta el abordaje de las hondas fuentes de nuestra guerra en lo social, en lo político y en lo económico, invisibilidad que hoy las mismas FARC ayudan robustecer.
Con Uribe estamos frente a un animal político de colosal magnetismo y capacidad de alinear a las masas. Su liderazgo ha sido capaz de sostener, como pocos mandatarios en el mundo, una cima de máxima popularidad durante los seis años de gobierno.
Y eso es bueno y es malo, como todo en la vida.
Bueno porque con Uribe una fuerza social terrateniente y oligárquica ha hecho su rabiosa emergencia pública, empeñada en un proyecto de ‘refundación’ que, compartámoslo o no en su esencia y procedimientos, ya está en construcción. Y lo estuviera aún sin Uribe, publicación que le debemos agradecer. El siguiente paso, es exigirle que ese proyecto sea más que la persona de Uribe.
Bueno también porque un contendor de estas dimensiones requiere una oposición clara y firme en sus diferencias con el caudillo. En ese juego no puede haber amancebamientos políticos de coyuntura, como estrategia para vencerlo. Esta es la oportunidad histórica de la izquierda para demostrar su talla, o su progresiva pequeñez.
Y malo porque el poder de Uribe anticipa una modalidad de tiranía mediática, capaz de mancillar el orden institucional a favor de su alta popularidad. Ese es el conflicto interno de Uribe, y el de todos con él.
La pregunta sería, una vez desaparezca la guerra, ¿qué quedará del autodenominado ‘combatiente’?, ¿cómo enfrentará Uribe la desnuda raíz del conflicto: la miseria, el desempleo, el desplazamiento, la concentración de la tierra, el costo usurero del capital en Colombia?…
La clave para consolidar o detener a Uribe la ha tenido, la tiene, y la seguirá tendiendo las FARC, perpetuando la confrontación desde su nicho selvático o dando un paso definitivo hacia la negociación y el desarme. Sugerimos esta última opción, donde las Farc y el país tienen todo que ganar, y quizá muy poco los propietarios del ‘Estado de opinión’.
Presas del aislamiento, de la riqueza del narcotráfico y de un desdichado discurso revolucionario, las Farc no han podido interpretar en la negociación su ingreso a la política nacional, acaso por la puerta grande. Ingreso que el gobierno le disputará a toda costa, evitando acompañamientos y presencia de medios.
Pero aún así, ese es el escenario, y nada tienen que ir a buscar a Nicaragua. Esto se llama, estimados camaradas, política del siglo XXI: espectáculo, medios, marchas, encuestas…
Y si no pueden asumirlo ni entenderlo, preparémonos entonces para dilapidar el gran sacrificio nacional de cincuenta años de guerra.
EL SEXENIO VACÍO