Una sensibilidad viva
Me encontraba pintando las calles con mi cola escarlata, cuando vi a un hombre de gris recogiendo el cadáver de un pequeño gato, recostado contra el murillo de la acera.
La escena merecía un cuadro, con los claroscuros que permite el verde negruzco de los arboles del barrio Granada y los pocos rayos de luz que penetran entre las hojas. El título: “La sensibilidad despierta y la naturaleza muerta”. El artista cuidaría la rima para acentuar los dos estados opuestos, aunque no sin estar completamente seguro de mantener el título. Pesarían demasiado las esdrújulas, además de que la brisa creciente de aquel mediodía ponía a bailar demasiado la luz con la oscuridad, arruinando la quietud del espacio.
El hombre, con el gato en sus manos, me vio acercándome, garboso, con mis cuernos y mi estatura llena de sombra, sin impresionarlo a él, que parecía acostumbrado a las pesadillas. Su voz, sin embargo, era algo suave:
— Este mundo es el infierno ¿no es cierto, caballero?
— La verdad, lo es sin que jamás hubiese pagado alquiler, le respondí.
No opinó.
— Seguramente, como usted, no le veo sentido a la vida, insistí.
Él, levantando su cabeza hacía las ramas, casi inmóviles:
— ¡Damnation éternelle!
— ¡Lenta agonía que es vivir!, exclamé, pletórico.
Luego, él, acariciando las orejas negras del animal:
— ¡Cómo duele el dolor de los otros!
Callé.
— Pero ¿Y si no soy consciente de eso?
— ¿No es consciente cuando los otros lloran, sufren? ¿No lo es?, dijo.
Mi respuesta fue seca y tajante:
— ¡Nunca! ¡Ellos no son yo!
Él torció un poco los labios, pareció cerrar los ojos:
— Tiene razón. ¡Qué fresquito! ¡Es el único fresquito que nos es permitido en este vulgar infierno! ¡Que tenga un buen día, hombre!
Hizo un gesto amable, entró al felino a su casa y, tiempo después, descendió, con buen paso hacia la Carrera Sexta. Yo, me quedé sentado sobre el murillo, afinando el pincel. Pateé una hoja…
JUAN SEBASTIAN ROJAS