LUJURIA Y PSICOPATÍA,
EL CASO JARABO: UNA PERITACIÓN CONTROVERTIDA
Los doctores Marina Fuentes y Tiburcio Angosto presentaron en el Hospital Nicolás Peña, una película de Juan Antonio Bardem sobre el famoso asesino que escandalizaría a una Madrid bastante pueblerina, como aún era la capital española de finales de la década de 1950, donde cómo si se tratara de la Dolores de la copla, otra coplilla recorrería la ciudad, mientras se rumoraba, para ponderar la maldad de alguien, que era más malo que Jarabo; pero, la cancioncilla, más que ser el pregón de infamias de una mujer calumniada, como lo era en el caso de la Dolores de Calatayud, se hablaba de un hombre que bien pudiera hacer un capítulo olvidado por Jorge Luis Borges al escribir su Historia Universal de la Infamia.
Su presentación hizo parte de un seminario que se dio sobre peritaciones célebres.
La cinta de Bardem, no hace parte de una narrativa fantástica. El director de cine español parte de sucesos completamente reales, donde lo único exótico es el protagonista mismo, un señorito que se considera a sí mismo un verdadero caballero español, un rey de la noche y de la juerga, un tocador de señoras, un pozo de lujuria y elegancia, todo un dandi latino.
El relato fílmico podríamos ubicarlo dentro de un estilo realista, llevado a cabo para una serie de la televisión española, que se titulaba La huella del crimen sobre los casos que impactaron a la opinión pública de este país. [1]
José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris había nacido allí, en la ciudad que para don Gil de Alcalá fuera la ciudad de todos los pecados, en 1923 de una familia aristocrática; era pariente de ministros de Franco, más concreto del Presidente del Tribunal Supremo, en el momento en el que fue juzgado, por lo cual lo que llegó a pensarse era que en el féretro, que sacaron de la cárcel de Carabanchel, no iba el cadáver del caballero ajusticiado en el garrote vil, sino que el que desfilaba en el carro mortuorio era un gitano, con el que había substituido el establecimiento carcelario al aristocrático matón; lo cual se comprobaría que no era sino parte de toda esa mitología como la que suele acompañar a esos casos, en los que lo ominoso hace su presencia en una colectividad humana.
A causa de la guerra, su notable familia había venido a menos en lo económico y tuvo que emigrar a Puerto Rico, donde el joven empezaría a emborracharse desde los diecisiete años y convertirse en un irredento juerguista, con varios accidentes a cuesta y una neurosífilis temprana, que le produjera convulsiones y enfermedad mental, la que se diagnosticaría, en su momento, como una esquizofrenia o un trastorno paranoide.
Además del exceso de alcohol, se haría adicto a otras substancias, como la cocaína, con la que ya traficaría en aquellos tiempos.
En un pasaje al acto, se casaría tras una de sus famosas juergas; pero, su carácter violento y extraño haría imposible aquella unión ya que el macho amenazaba a su mujer con armas.
Todo ello haría que abandonara a la Borinquen, que había acogido a su familia para irse a la parte continental de los Estados Unidos de América, donde se metería en la trata de blancas.
Sus actuaciones impulsivas harían que se lo encerrara en un centro para hombres violentos que había en Springfield, de donde sale como retornado a España, con sus bolsillos repletos de dinero, a causa de una madre que lo consentía en exceso, una mujer terriblemente permisiva, que se comportaba con él como si fuera una verdadera fábrica de billetes.
Jarabo solía llevar en la cintura una pistola para hacerse respetar.
Los expertos psiquiatras, que peritaron, dicen que se ligó con una alemana homosexual, con la que hizo una simulación de matrimonio pues además era un impostor, un promiscuo, que no trabajaba ni respetaba las normas, un ladrón de coches y, por lo demás, chantajista. Era un golfo, sin oficio reconocido ninguno, a quien podían hacérsele cargos por proxeneta, traficante de drogas y estafador.
En 1956, conocería a Beryl Martin Jones, mujer que se convertiría en la causa de su desgracia final, una inglesa, casada con un francés y con hijos, quien le prestaría un anillo, que el empeñaría para tener dinero para sus juergas, que el hombre llevó a unos prestamistas, que se negaron a devolvérsela, lo que hizo que nostro uomo planeara la peor de las venganzas.
La película de Bardem pone el énfasis en dos noches en la vida de Jarabo. La noche del crimen y la noche siguiente donde en una especie de mascarada maniforme se va de putas hasta el amanecer.
En la primera de ellas, el hombre, con sus toques de cocaína, se dirigiría al piso donde vivía uno de los usureros y asesina a la criada de éstos, para después dar cuenta de la vida del hombre y luego de la mujer de éste, quien estaba embarazada. Pero el asesino tenía la suficiente sangre fría como para cambiar las cosas, en el apartamento, donde celebrara su siniestra venganza, de tal suerte que se pensara que todo había sido la culminación de una noche orgiástica de las víctimas, un crimen pasional, en una macabra puesta en escena.
Y entonces pocos días después se dirigiría al negocio de los prestamistas para tratar de recuperar en vano la joya y la carta de la amante inglesa y acabar con la vida del otro, de un tiro en el cuello, a la manera como había visto asesinar gente en una checa anarquista en tiempos de la Guerra Civil Española.
Pero como no hay crimen perfecto, una llamada hecha a la mujer del segundo occiso y el llevar su elegante traje ensangrentado a la lavandería de unos amigos, hace que la policía se ponga sobre la pista y lo atrape al final de una noche de putas.
Es interesante como el policía, para tomar sus declaraciones no acudiría a la tortura sino a la seducción, al invitarlo a comer en la comisaría de un restaurante elegante, con buenos licores, para que el hombre desplegara el relato arrogante de su delito, con todo lujo de detalles.
Casi un año después Jarabo moriría en el patio de la cárcel de Carabanchel, mediante el uso del garrote vil.
El hombre asistiría al juicio como un figurín petulante, estrenaría vestido cada día, y su última noche se la pasaría bebiendo y fumando.
El peritaje lo harían inicialmente dos médicos generales, por parte de la nación, pero la defensa solicitaría la intervención de dos psiquiatras muy competentes, aunque ninguno tuvo en cuenta sus antecedentes.
La conclusión diagnóstica sería que se trataba de un psicópata desalmado, de acuerdo con los criterios del psiquiatra alemán Kurt Schneider, de esos que dicho autor define como carentes de compasión, de vergüenza, de sentido del honor, de remordimiento, de conciencia moral, sin que se hable de una insania moral propiamente dicha; seres incorregibles e ineducables, de naturaleza dura, que caminan sobre los cadáveres y que muchas veces tienen una inteligencia notable. Aunque muchos años más tarde, la criminóloga Marisol Donis [2] diría para la televisión que también habría que contemplar en su diagnóstico la categoría de psicópata lábil de ánimo, de esos que Kurt Schneider define como personalidades que tienen rápidas oscilaciones afectivas y acuden a actuaciones impulsivas, como huidas o excesos en la bebida, de como si se tratara de una psicopatía combinada con distintos rasgos personalidad yuxtapuestos, en el que parecía haber una completa egosintonía, sin ningún sentimiento de culpabilidad.[3]
Se solicitó la peritación a los doctores Bartolomé Llopis y Ramón Alberca que habían hecho el peritación de un infanticida.
Alberca dice que se trata de un psicópata enfermo[4], que en última instancia no era responsable de lo que hacía, por lo que debería someterse a tratamiento, ya que su condición era muy cercana a la psicosis pero susceptible a la psicoterapia, más en la línea de la psiquiatría existencial de Binswanger que del psicoanálisis mismo, que no era muy bien visto en la España franquisita, pero tal proceso psicoterapéutico no debía llevarse a cabo ni en la cárcel ni en hospitales psiquiátricos.
Sin embargo, la justicia no tuvo en consideración estas recomendaciones sino que el hombre sería condenado a muerte, por deseo expreso del propio Generalísimo, de seguro para dar ejemplo a la sociedad, sacudida por tan violento crimen, ya que Jarabo había puesto en cuestión el supuesto absoluto control que el Régimen decía haber logrado.
La discusión, que tuvimos, se centró más en el diagnóstico pero creo que hubiera sido muy importante que hubiéramos tenido más tiempo para examinar sobre las relaciones entre psiquiatría, criminología y Ley.
Cuando vi, por primera vez, la versión fílmica de A sangre fría de Truman Capote, llevada a la pantalla por Peter Brooks, y apenas yo era un estudiante de medicina, había leído recientemente un libro sobre la etiología de la delincuencia en Colombia del abogado Alfonso Meluk [5], en el que me resultaría sumamente interesante la vinculación que el autor hacía entre el delito y el medio social, donde se decía que odiamos a quien mata o roba, pero ello nos impide penetrar en el conocimiento del asesino y del ladrón, lo cual me sigue pareciendo válido aún hoy en día. Ya en aquél tiempo, uno de los comentaristas del autor hablaba del ser humano como una estructura biopsicosocial, y no le resultaba infundado que el delito pudiera interpretarse como una protesta contra prácticas establecidas, cuando un sujeto no pude proyectarse como autor, de una manera creativa, pues nada le es propicio para la realización de sus aspiraciones. Se hablaba entonces del criminal como de alguien que padece una situación deficitaria, un poco en la línea que lo planteara Oscar Lewis en su Antropología de la pobreza, ya que la ésta continuaba esterilizando cerebros, acortando brazos y arrojando residuos humanos en una irresistible pleamar.
Para la sociedad el crimen podría ser un mal, que debía combatirse con otro mal, de tal suerte que el delito terminaría castigándose de una manera torpe, al mirar al prisionero como un leproso moral, recluido más en panópticos, que en sanatorios, en prisiones que son más sitios de corrupción y de muerte.
Por eso, no habría que ver el delito como un mal, ni siquiera como una enfermedad sino como un fenómeno social, con todo un conjunto de causas y efectos, ya que la delincuencia es un fenómeno multicausal y sucesivo, en el que los efectos originan nuevas e imprevistas manifestaciones.
Se criticaba entonces a las cárceles por el hacinamiento, la promiscuidad y el ocio imperantes en ellas, que hace de ellas que sean verdaderas escuelas del crimen.
Me preguntaba si no era acaso eso, lo que sucedía con los personajes de la novela norteamericana, cosa que volví a preguntarme cuando vi al Capote de Bennett Miller. ¿Dick Hickock y Perry Smith no eran precisamente de esos seres provenientes del mundo de la marginalidad, cosa que los convierte en residuos humanos? Entonces… ¿Tiene la sociedad que los produce, el derecho de condenarlos a muerte?
No cabía duda, de que el jurisconsulto Alfonso Meluk hablaba de una etiología social de la delincuencia.
La misma sensación me quedaría al ver y leer los testimonios de Sister Helen Prejean con su acompañamiento piadoso a víctimas y victimarlos, que bien podemos comprender en el filme que dramatiza su experiencia Dead man walking de Tim Robbins, basado en el libro de la religiosa, Pena de muerte, texto que nos remite, a su vez, al Albert Camus de Reflexiones sobre la guillotina.
Pero la obra de Louis Althusser, El porvenir es largo viene a plantearnos el problema de una manera distinta. El filósofo inicia sus confesiones, con una crítica a la justicia por haber declarado, para él, una situación de no ha lugar desde el punto de vista jurídico, de tal suerte, que esta decisión hizo que más que ser condenado a la cárcel o, aún, a la pena capital, fuera condenado a la locura y a los manicomios, ante los cual no contaba con defensa alguna, derecho que él reclamaba para sí, tras la muerte de Hélène, su mujer, cuyas circunstancias permanecerían en una nebulosa enigmática y oscura.
¿Entonces cuál es la posición que la psiquiatría debe asumir frente a estos casos cuando es convocada por la Ley? ¿Debe ser ignorada o desmentida como lo fue en el caso de Jarabo o de los criminales de A sangre fría? ¿Debe ser la rectora de la conducta legal ante el delincuente como sucedió en el caso de Althusser? ¿Tendría que convertirse en una aliada de una legalidad corrupta como se daría en el caso del protagonista de El niño de los coroneles de Julián María?
Tal vez, habría que preguntarse con Jacques-Alain Miller si la enfermedad mental suspende al sujeto de Derecho, con su capacidad de responder por sí mismo.
Si bien, los criminales de Capote y de Prejean, provienen del mundo de la marginalidad social, del mundo de los miserables, al igual que el mismo Raskolnikov de Dostoievsky, Jarabo es todo lo contrario; su miseria y su insania morales proceden del mundo de una aristocracia decadente, de una familia que estaba bien cerca del Poder absoluto de la Dictadura Española. Pero la declinación del protagonista, de esta historia, iba haciéndole perder antiguos privilegios; podríamos decir que era un personaje de rancia estirpe, que procuraba mantener las glorias de otrora y gozar de cierta visibilidad social. Para cada sesión del juicio estrenaría un vestido nuevo, siempre preocupado de la elegancia, la finura y la originalidad, de quien oculta su verdadero ser, tras la máscara del señorito y del caballero español; a pesar de ser un hombre sanguinario, al que no le temblaba mano, él no quería perder su buen tono, como manera singular de combatir la trivialidad, de reñir contra lo que pudiera resultarle mediocre, pero como buen dandy es incapaz de amar realmente a otros, así los seduzca con su mascarada, ya que sólo se ama a sí mismo. El escándalo y el prestigio lo regocijan; lo excitan sus amores escabrosos, con todos sus riesgos y, para escapar de las ansiedades de la vida, se refugia en sus vicios, el tabaco, el alcohol, la morfina, la cocaína y una vida sexual desenfrenada.
No creo que de una forma casual Jarabo haya sido elegido como su personaje por Juan Antonio Bardem, director de cine, conocido por sus ideales de izquierda.
El personaje pertenece a la misma estirpe de los protagonista de Muerte de un ciclista, seres que también incurren en el homicidio, así sea el crimen de estos buenos burgueses de la vereda fuera un delito culposo más que doloso, como realmente lo fuera el asesinato cuádruple del gran señorón madrileño, pero todos, los unos y los otros habrían querido verse amparados y ocultos, gracias a su posición socioeconómica, ya que ante todo el cine de Bardem fue un cine social, cuestionador y comprometido de un mundo hipócrita y fanfarrón.
A diferencia de Borges, Bardem no fabula, nos cuenta una historia realista, casi podríamos decir que en la línea de la narrativa de Truman Capote, como si se tratara de una novela de no-ficción, en el contexto de la sociedad española de ese entonces, sin transmutaciones, sin tergiversaciones, sin una voluntad alegórica Bardem hace un cine sin barroquismos, que bien puede servir de documento para el estudio de la psiquiatría forense.
Pero quizás, tendríamos que preguntarnos también si como un factor en la etiopatogenia de la psicopatía desalmada o anética, inmoral, de Jarabo, influiría que durante la Guerra Civil Española, él viera ejecutar gente e incluso una cabeza cortada y clavada en una pica, cosa que no es un buen comienzo para nadie, lo que haría de él un asesino serial, como diría Paul Naschy, en una entrevista para la televisión, quien además añade que Jarabo era un hombre resentido por todo lo que le habían hecho, ya que contaba que en los Estados Unidos de América lo habían torturado, aunque podemos entender que tanto para el paranoico, como para quien padece de un narcisismo maligno, al estilo del de nuestro hombre, el sentimiento de culpabilidad y responsabilidad no se asume sino que se lanza afuera, con culpa para la exportación, como viniendo a decir, con los personajes de Sartre: El infierno son los otros.
Vemos pues como el caso del señor Morris y la versión fílmica del director español, a la que nos referimos, nos deja cargados de preguntas, que ojalá un día pudiéramos sentarnos a formularlas para pensar ese enigmático problema de las relaciones de la psiquiatría, con la criminología y con la Ley.
Comentario de Jesús Dapena Botero,
Vigo 24 de abril del 2009
[1] La huella del crimen se considera una de las mejores series del género negro, que se haya producido en España, en la que se dio la posibilidades a los más grandes directores de cine español de elegir su crimen favorito, para tratar de demostrar que la historia de un país es la historia de sus crímenes. Ahora, en el 2009 la serie piensa recrease con los crímenes más impactantes de los últimos años.
[2] Marisol Donis es una farmacóloga y magíster en criminología, autora de un libro sobre los crímenes pasionales en Madrid y otro sobre los crímenes cometidos con venenos a lo largo de la historia; también tiene otro libro titulado Víctimas de la Justicia, sobre inocentes que pagaron con su libertad o aún con su propia vida por delitos que jamás cometieron. Además también ha escrito otro sobre la violencia de género: Hasta que la muerte los separe.
[3] José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris. http://ellaboratoriodegwen.blogspot.com/2008/06/jose-maria-manuel-pablo-de-la-cruz.html
[4] Es preciso aclarar que dentro de la concepción de las personalidades psicopáticas de Kurt Schneider, la personalidad de un sujeto, en sí, no puede considerarse una patología sino bajo ciertas circunstancias y dadas ciertas características. Las personalidades psicopáticas serían de por sí extrañas, en sujetos que, de alguna manera se apartan del medio social, para él de origen disposicional o innato, a pesar de que también incluye el concepto de desarrollo de la personalidad, en el que, sin duda influye el medio ambiente. Sería un cuadro que pueden observar los demás, en aquellos sujetos que se apartan de las normas de conducta, que no necesariamente tiene una manifestación permanente sino que puede ser oscilante, con algunos episodios en la vida y que muchas veces ocurren sólo en el ámbito de lo privado. El actual concepto de personalidad antisocial, que aparece en las clasificaciones actuales correspondería al concepto de personalidad desalmada del psiquiatra alemán, que vendría a ser una estructura perversa, con una falencia en la constitución de la conciencia moral, aunque Schneider fue claro en diferenciar el concepto de psicopatía del de delincuencia, ya que quería discriminarse de la ideología imperante hasta entonces. Para el psiquiatra alemán a diferencia de Morel y Pritchard, quienes ponen el énfasis en la inadecuación moral, lo importante era destituir la psicopatía de la condición de enfermedad mental. Alberca daría el estatuto de enfermo mental al primer asesino serial español, con un estudio más documentado.
[5] Meluk, A. Etiología de la delincuencia en Colombia. Editorial Tercer Mundo, Bogotá, 1969, 169 pp.