Aforismos nietzscheanos
1. ¡No hay que enorgullecerse!.- Un carácter noble se distingue de un carácter vulgar en que no tiene a su alcance, como este, cierta clase de hábitos y de puntos de vista; el azar quiso que ni la herencia ni la educación se los proporcionasen. (Aurora, af. 267)
2. Los enfermos y el arte.- Un cambio de régimen y un rudo trabajo corporal es el primer tratamiento que se impone contra cualquier clase de tristeza o de miseria del alma. Pero los hombres acostumbran en casos tales recurrir a alguna embriaguez, por ejemplo, al arte, desgraciadamente para ellos y también par el arte. ¿No conocéis que si por enfermos recurrís al arte, hacéis enfermar también al arte? (Aurora, af. 269)
3. El hombre transformado.- Ahora se vuelve virtuoso para herir a los demás. No miréis demasiado hacia él. (Aurora, af. 275)
4. Efectos de las alabanzas.- Unos se avergüenzan al ser muy elogiados; otros se vuelven impertinentes. (Aurora, af. 525)
5. Los hombres de conciencia.- ¿Habéis reparado quiénes son los hombres que dan mayor importancia a la conciencia más rígida? Los que conocen mucho los sentimientos más ruines, piensan en sí mismos con temor y tienen miedo de los demás, los que quieren ocultar sus interioridades todo lo posible. Tratan de imponerse a sí mismos con esa severidad de conciencia y ese rigor del deber, tratando de producir de ese modo la impresión severa y rígida que los demás (especialmente sus subordinados) deben de experimentar.
6. Lo que hay de edificante en la desgracia del prójimo.- Un hombre es desgraciado y acuden las gentes compadecidas y lamentan su desgracia. Cuando se van, al cabo, satisfechas y edificadas, se han saciado del espanto del desdichado, como si se tratara de su propio espanto, y han pasado una buena tarde.
7. Marchando hacia el enemigo.- ¡Qué bien suena la mala música y las malas razones cuando se marcha contra el enemigo!
8. Un descontento.- Es uno de esos veteranos valientes… Le enoja la civilización porque cree que tiende a hacer accesibles a todos las cosas buenas (los honores, las riquezas y las mujeres guapas) lo mismo a los cobardes que a los valientes.
9. Gobernar.- Unos gobiernan por el gusto de gobernar; otros, por no ser gobernados. Entre dos males, este es el menor. (Aurora
10. Adular al perro.- Basta acariciar la piel del perro para que se estremezca y lance chispas como haría cualquier otro adulador, es ingenioso a su manera. ¿Por qué no ha de agradecernos? (Aurora, af. 258)
11. La noche y la música.- En la noche y en la semiobscuridad de los bosques sombríos y de las cavernas fue donde el oído, órgano del miedo, pudo desarrollarse tanto como se ha desarrollado, gracias a la manera de vivir de la época de los terrores, es decir, de la más dilatada edad humana que ha existido. Cuando hay claridad, el oído es mucho menos necesario. De ahí el carácter de la música, arte de la noche y de la semiobscuridad.
12. El orgullo del espíritu.- El orgullo del hombre, que se rebela contra la doctrina de que desciende de los animales y establece entre la Naturaleza y el ser humano un verdadero abismo, se funda en una preocupación sobre la índole del espíritu, preocupación relativamente moderna. Durante el largo período prehistórico de la humanidad se creía que todas las cosas tenían espíritu, y no se creía que fuera una prerrogativa del hombre. Y como se profesaba el principio de que lo espiritual estaba difundido por todo el mundo (como los instintos, las malicias, las inclinaciones), no se avergonzaban los hombres de descender de animales o de árboles, y hasta se consideraban honradas con estas leyendas las razas nobles. Se miraba al espíritu como algo que nos unía a la Naturaleza, no como algo que nos separase de ella. De esta manera, y también a consecuencia de un prejuicio, se había llegado a la modestia. (Aurora, af. 31)
13. Falsas conclusiones que se sacan de la utilidad.- Al demostrar la gran utilidad de una cosa, nada se dice de su origen, y por lo tanto de la necesidad que de ella hubo. Pero hasta ahora ha dominado, incluso en la esfera de las ciencias más rigurosas, la opinión de que la existencia de una cosa era signo de su necesidad. Por esto, ¿no llegaron los astrónomos a pretender que la supuesta utilidad de los satélites (remplazar la luz debilitada por la larga distancia del sol, para que los habitantes de los astros no careciesen de luz) era la causa final de los mismos y la explicación de su origen? Puede recordarse también el razonamiento de Cristóbal Colón, según el cual, habiendo sido hecha la tierra para el hombre, dondequiera que haya una comarca ha de estar habitada. ¿Es posible que el sol derrame sus rayos sobre la nada y que el brillo nocturno de las estrellas se derroche para mares solitarios y regiones deshabitadas? (Aurora, af. 37)
14. Los instintos transformados por los juicios morales.- Un mismo instinto se trueca en el sentimiento deprimente de la cobardía, bajo la impresión de la censura que infligen las costumbres, o en el sentimiento grato de la humildad si una moral como la cristiana lo rehabilita y lo califica de bueno. Así, pues, ese instinto supondrá, según los casos, tranquilidad o intranquilidad de conciencia. En sí, como todo instinto, es independiente de la conciencia, no posee carácter ni determinación moral, ni siquiera va acompañado de una sensación de placer o de disgusto particular. Todo esto lo adquiere como segunda naturaleza cuando entre en relación con otros instintos que han recibido ya el bautismo del bien y del mal, o si se le considera como atributo de un ser que el pueblo ha caracterizado y evaluado ya desde el punto de vista moral.
Los antiguos griegos tenían distinta opinión que nosotros de la envida. Hesíodo la incluye entre los efectos de la benéfica Eris y a nadie escandalizaba la idea de que los dioses tuvieran algo de envidiosos. Se comprende esto en un estado de cosas cuya alma era la lucha, considerada buena y apreciada por tal. Igualmente los griegos se diferenciaban de nosotros en la estimación de la esperanza, mirada por ellos como ciega y pérfida. Hesíodo expresó en una fábula lo más violento que se puede decir contra la esperanza, y lo que dice parece tan extraño que ningún intérprete moderno lo ha comprendido, pues es contrario al nuevo espíritu emanado del cristianismo, para el cual la esperanza es una virtud. En cambio, entre los griegos, la ciencia del porvenir no se consideraba enteramente inaccesible, y la averiguación de lo futuro había llegado a ser, en innumerables casos, un deber religioso. Mientras nosotros nos contentamos con la esperanza, los griegos, merced a las profecías de sus adivinos, la tenía en poco y la rebajaban a la categoría de un mal o de un peligro. Los judíos consideraban la ira de diferente manera que nosotros, y la santificaron; por eso pusieron tan alta la majestad sombría del hombre dominado por la ira, que un europeo no acierta a imaginársela; moderaron la santidad de Jehová irritado sobre la santidad de sus profetas iracundos. Si se miden por semejante medida los caracteres más coléricos de los europeos, resultan en cierto modo criaturas contrahechas, de segunda mano. (Aurora, af. 38)
15. Un desenlace trágico del conocimiento.- Entre todos los medios de exaltación, los que más han elevado y espiritualizado al hombre en todas las épocas han sido los sacrificios humanos. ¿Existiría una idea prodigiosa que todavía hoy podría aniquilar toda otra aspiración, consiguiendo el triunfo sobre las más victoriosas? Me refiero a la idea de una humanidad que se sacrifica. ¿Y a quién podría sacrificarse? Desde luego se puede jurar que si la constelación de esta idea se mostrase alguna vez en el horizonte, el conocimiento de la verdad sería el único fin grandioso con el que guardaría proporción tamaño sacrificio, pues para lograr el conocimiento ningún sacrificio es demasiado grande. Pero este problema no se ha planteado nunca, no se han preguntado jamás los hombres en qué sentido podrían hacerse gestiones para impulsar a la humanidad entera al sacrificio, ni qué instinto de conocimiento conduciría a la humanidad a ofrecerse a sí misma en holocausto, para morir con la luz de un sabiduría anticipada en los ojos. Acaso cuando lleguemos a fraternizar con los habitantes de otros planetas, a fin de llegar a un conocimiento superior, y cuando por espacio de miles de años se haya comunicado el saber de estrella en estrella, quizá en todos la olas de entusiasmo levantado por el conocimiento pueda alcanzar semejante altura. (Aurora, af. 45)
15. Las palabras obstruyen nuestro camino.- Dondequiera que los antiguos, los hombres de las primeras edades, colocaban una palabra creían haber hecho un descubrimiento. ¿Qué equivocados estaban! Habían dado con un problema y creyendo haberlo resuelto habían creado un obstáculo para su solución. Ahora, para alcanzar el conocimiento, hay que ir tropezando con palabras que se han vuelto duras y eternas como piedras y es más fácil romperse una pierna al tropezar con ellas que destruir una de esas palabras. (Aurora, af. 47)
16. Conócete a ti mismo; ahí está toda la ciencia.- Sólo cuando el hombre haya alcanzado el conocimiento de todas las cosas, podrá conocerse a sí mismo, pues las cosas son las fronteras del hombre. (Aurora, af. 48)
17. Del origen de las religiones.- ¿Cómo ha podido llegar a considerar un hombre como una revelación su propia opinión sobre las cosas? Tal es el problema del origen de las religiones. Cada vez que ha ocurrido esto ha habido un hombre en quien era posible tal fenómeno. La primera condición fue que creyese anteriormente en las revelaciones. Un día le viene de repente una nueva idea, su idea, y lo que hay de embriagador en una gran hipótesis personal que abarca la existencia y el mudo entero penetra con tal fuerza en su conciencia que no osa considerarse creador de tal beatitud y atribuye la causa de ella y también el origen de su pensamiento a su Dios, a una revelación de ese Dios. ¿Cómo podría ser un hombre autor de dicha tan grande? –pregunta su duda pesimista-. Y hay además otras palabras que trabajan en secreto; por ejemplo, se fortalece una opinión ante uno mismo considerándola como una revelación; se le quita lo que tiene de hipotético; se la exime de la crítica y de la duda; se la hace sagrada. Verdad es que, al proceder así, se rebaja el hombre al papel de un órgano, pero nuestro pensamiento acaba por quedar victorioso con el nombre de pensamiento divino, y el sentimiento de quedar triunfante con él predomina al cabo sobre el sentimiento de rebajamiento. Cuando el hombre pone el fruto de su inteligencia por encima de sí, haciendo en apariencia abstracción de su propio valer, hay otro sentimiento que se agita en lo hondo, se conserva una especie de alegría, de amor y de orgullo paternal que lo borra todo. (Aurora, af. 62)
18. Brahmanismo y cristianismo.- Hay reglas para llegar al sentimiento de la potencia; unas para aquellos que saben dominarse a sí mismo y a los cuales es ya familiar por este hecho el sentimiento de la dominación; otra para los que no saben dominarse. El brahmanismo atendió a los hombre de la primera especie; el cristianismo a los de la segunda. (Aurora, af. 65)
19. Sutileza en la penuria.- No os burléis de la mitología de los griegos porque se parezca tan poco a vuestra profunda metafísica. Deberíais admirar a un pueblo que, en este caso particular, impuso una parada a su vigorosa inteligencia y que tuvo por mucho tiempo suficiente tacto para huir del peligro de la escolástica y de la superstición sofística. (Aurora, af. 85)
20. Merece meditarse.- Aceptar una creencia sencillamente porque es costumbre aceptarla, ¿no significaría obrar de mala fe, ser cobarde y perezoso? La mala fe, la cobardía y la pereza, ¿serían las condiciones primeras de la moralidad? (Aurora, af. 101)
21. Los juicios morales más antiguos.- ¿Cuál es nuestra actitud frente a los actos de nuestro prójimo? Primeramente consideramos lo que resultará para nosotros de estos actos y los juzgamos desde este punto de vista. Lo que consideramos como intención del acto es ese efecto causado sobre nosotros, y las intenciones atribuidas al prójimo las transformamos en cualidades permanentes, así nos formamos, por ejemplo, la noción de un hombre peligroso. ¡Triple error, triple equivocación, tan vieja como el mundo! Acaso nos viene esta herencia de los animales y de su facultad de juzgar. Habrá que buscar el origen de toda moral en estas horribles y míseras conclusiones: lo que me perjudica es malo (perjudicial por sí mismo); lo que me es útil es bueno (benéfico y provechoso por sí mismo). Lo que me perjudica una o varias veces me es hostil por sí mismo. Lo que me es útil una o varias veces me es favorable por sí mismo. O pudenda origo. ¿No equivale esto a interpretar las relaciones mezquinas, casuales y accidentales que otro hombre pueda tener con nosotros, como si esas relaciones fueran el fondo y la esencia de su ser y pretender que no es capaz, para con todo el mundo y consigo mismo, más que de relaciones semejantes a las que hemos tenido con él una o varias veces? Dentro de esta verdadera locura, ¿no se agita la más inmodesta de todas las pretensiones, creer que nosotros mismos somos el principio del bien, puesto que el bien y el mal se determinan con relación a nosotros? (Aurora, af. 102)
22. Varias tesis.- Al individuo que busca su felicidad no hay que dictarle reglas acerca del camino que conduce a la dicha, pues la felicidad individual surge con arreglo a leyes desconocidas de todo el mundo, y los preceptos exteriores no pueden hacer más que estorbarla y detenerla. Los preceptos que se llaman morales son, a decir verdad, dirigidos contra los individuos, y no tienden en modo alguno a la dicha de éstos. Estos preceptos no representan mucho más tampoco, en relación “a la dicha y al bien de la humanidad”, pues es imposible dar a estas palabras una significación precisa, y más todavía servirse de ellas como de un faro en el obscuro Océano de las aspiraciones morales. Es una preocupación creer que la moralidad es más favorable para el desarrollo de la razón que la inmoralidad. Es un error creer que el fin inconsciente (animal, hombre, humanidad) sea la mayor felicidad de ese ser. Por el contrario, hay en todos los grados de la evolución una felicidad precisa e incomparable a que puede aspirarse, una felicidad que no es más elevada ni más baja, sino precisamente individual. La evolución no quiere la dicha, quiere la evolución y nada más.
Sólo en el caso de que la humanidad tuviera un fin universalmente reconocido, se podrían proponer imperativos en la manera de obrar, pero por ahora no se sabe que ese fin exista. Luego no hay que poner las pretensiones de la moral en relación con la humanidad, pues esto es una sinrazón.
Distinto sería recomendar un fin a la humanidad, pues este fin sería algo que dependiese de nuestro albedrío y admitiendo que conviniera a la humanidad, entonces podría ésta darse una ley moral que le conviniera. Mas hasta ahora estaba colocada la ley por encima de nuestra voluntad; hablando con propiedad, no queríamos darnos esta ley, sino tomar algo de ella, descubrirla, dejarnos mandar por ella en algún sentido. (Aurora, af. 108)
24. Volverse más tierno.- Cuando amamos, respetamos y admiramos a alguien y llegamos a comprender que padece, experimentamos cierto asombro, pues nos parece inadmisible que la dicha que esa persona nos proporciona no emane de la fuente de esa dicha personal. Nuestro sentimiento de amor, de respeto y de admiración se transforma entonces en su esencia, se hace más cariñoso, más tierno, es decir, que el abismo que nos separa de aquella persona parece llenarse como si se efectuara entre ella y nosotros una aproximación de igual a igual. Entonces nos parece posible ya corresponderla, cuando antes nos la figurábamos superior a nuestro agradecimiento. Esta facultad de corresponder, de pagar posbeneficios, nos conmueve y nos causa gran placer. Procuramos adivinar con qué podrá calmarse el dolor de nuestro amigo, y se lo damos; si quiere palabras consoladoras, miradas compasivas, atenciones, servicios, obsequios, se los procuramos; pero ante todo, si quiere vernos doloridos ante el espectáculo de su desgracia, nos tendrá doloridos, pues todo esto nos suministra las delicias del agradecimiento activo, que equivale a la venganza. Si no quiere aceptar, si nada admite de nosotros, nos alejamos tristes y fríos, casi resentidos; es como si se rechazara nuestro agradecimiento, y en este punto de honra, el mejor hombre del mundo es quisquilloso. De todo lo cual se infiere que hasta en el mejor caso hay algo de humillante en el dolor, y en la compasión algo que eleva la superioridad, lo cual separa eternamente ambos sentimientos.
25. ¿No será egoísta?.- Este está vacío, y querría estar lleno; aquel está rebosando, y querría vaciarse: ambos se sienten impulsados a buscar un individuo que les ayude a realizar su fin. Este fenómeno, interpretado en su sentido superior, lleva en ambos casos el mismo nombre: “Amor”. ¿Cómo? ¿Será el amor algo desprovisto de egoísmo?
26. Los climas del adulador.- Ahora no hay que buscar aduladores que doblen el espinazo alrededor de los príncipes. Estos tienen hoy gustos militares, poco gratos al adulador. Donde ahora brota esa flor es en el jardín de los banqueros y de los artistas.
27. Un modelo.- ¿Qué es lo que me gusta en Tucídides y hace que le tenga en mayor estima que a Platón? Todo lo típico en el hombre y en los acontecimientos le inspira un placer grande y desinteresado; en cada tipo encuentra cierta cantidad de sentido común; lo que quiere descubrir es el buen sentido. Tiene más justicia práctica que Platón; no calumnia ni empequeñece a los hombres que no le agradan o que le han hecho daño en la vida. Por el contrario, agrega e introduce algo de grande en todas las cosas y en todas las personas, al no ver en ellas más que todas las personas, al no ver en ellas más que tipos. Lo mismo había de hacer la posteridad, a quien dedica su obra, con lo que no es típico. De este modo, la cultura del conocimiento desinteresado del mundo llega en él, en el pensador-hombre, a una aflorescencia maravillosa. Esa cultura tuvo su poeta en Sófocles, su hombre de Estado en Pericles, su médico en Hipócrates, su sabio naturalista en Demócrito, esa cultura merece ser bautizada con el nombre de sus maestros los sofistas, y desgraciadamente, desde el momento de su bautismo, empieza a volverse de repente pálida e incomprensible para nosotros, pues desde entonces sospechamos que esa cultura, combatida por Platón y por todas las escuelas socráticas, debía ser muy inmoral. La verdad es, en este caso, tan complicada y tan intrincada, que se nos resiste el desenredarla. Que el antiguo error (error veritate simplicior) siga su antiguo camino.
28. El genio griego es extraño para nosotros.- Oriental o moderna, asiática o europea, cualquier cosa, comparada con lo griego, posee como cualidad propia la enormidad y el goce de las grandes masas como sentimiento de lo sublime, mientras que en Poestum, en Pompeya y en Atenas nos asombramos frente a la construcción de la arquitectura griega, viendo con qué pequeñas masas sabían expresar los griegos lo sublime y cómo gustaban de expresarlo así. ¡Cuán sencillos eran también los griegos del mismo modo en la idea que tenían de sí mismos! ¿Qué atrás los dejamos en el conocimiento de los hombres! ¿Qué llenas de laberintos aparecen nuestras almas y nuestras representaciones del alma en comparación de las suyas! Si quisiéramos ensayar una arquitectura modelada sobre el patrón de nuestra alma (somos demasiado cobardes para ello), el laberinto sería nuestro arquetipo. La música que nos pertenece y nos expresa verdaderamente deja adivinar ya el laberinto (pues en la música los hombres se espontanean, y se figuran que nadie es capaz de verlos ni aun detrás de su propia música).
29. Viejos y jóvenes.- “La existencia de los parlamentos tiene algo de inmoral –pensarán algunos-, pues en ellos hay derecho a exponer opiniones en contra del gobierno. Debemos profesar acerca de las cosas la opinión que mande nuestro amo y señor”. Este es el undécimo mandamiento de algunos cerebros anticuados, que se encuentran principalmente en la Alemania del Norte. Nos reímos de ello como de una moda caída en desuso, mas en otro tiempo esa era la moral. Acaso llegará día en que se rían las gentes a su vez de la moda que profesa la generación joven, cuya educación es parlamentaria, es decir, de esa moral que consiste en sobreponer la política de los partidos al criterio personal, y juzgar de cada cuestión que afecte al bien público según el viento que hincha las velas del partido. “Hay que tener acerca de esto la opinión que exige la situación del partido”. Esta es la fórmula de ese parecer. Y en obsequio a semejante moral se hacen, sin embargo, toda clase de sacrificios, incluso la victoria sobre sí mismo y el martirio.
30. Soportar la pobreza.- La gran superioridad del origen patricio es que permite soportar mejor la pobreza.
31. Porvenir de la nobleza.- La actitud del mundo aristocrático declara que en todos sus miembros el instinto del poder representa sin cesar un papel seductor. La persona de costumbres patricias, hombre o mujer, no se permite ademanes de abandono, por ejemplo, viajando en ferrocarril no se reclina en los almohadones del vagón, no da muestras de cansancio al permanecer horas enteras de pie en la corte, decora y arregla su casa, no guiándose por la comodidad, sino de manera que produzca la impresión de algo muy amplio e imponente, cual si su casa hubiera de servir de morada a seres más grandes y que viviesen más tiempo que la generalidad de los mortales. A un discurso provocativo contesta con moderación, con espíritu sereno, sin mostrarse escandalizado, fuera de sus casillas, al modo de los plebeyos. Así como sabe conservar la apariencia de una fuerza física superior prevenida siempre, procura también mantener hasta en las situaciones más difíciles, por medio de una seguridad continua y de mucha amenidad, la impresión de que su alma y su inteligencia están a la altura de los peligros y a cubierto de las sorpresas. En lo relativo a la pasión, la cultura noble se asemeja a un jinete que tiene gusto en hacer caminar al paso a un caballo fogoso y vivo –recordemos la época de Luís XIV- o bien a un jinete que advierte que su caballo se lanza disparado como una fuerza de la Naturaleza y que ambos están a punto de perder la cabeza, pero que gozan en la carrera irguiéndose con orgullo; en ambos casos, la cultura noble respira potencia y el sentimiento de la superioridad crece por la impresión que causa ese juego en los que no son nobles y por el espectáculo de esa impresión.
Este innegable privilegio de la cultura noble edificada sobre el sentimiento de la superioridad comienza ahora a elevarse a un grado superior todavía, pues gracias a todos los espíritus libres no es ya deshonroso, sino lícito, penetrar en el orden del conocimiento para buscar consagraciones más intelectuales y adquirir una cortesía superior, mirando hacia ese ideal de una sabiduría victoriosa que ninguna época pudo elevar delante de sí con tanta razón como la época que va a abrirse. ¿Y en qué se ocuparía si no la nobleza, cuando cada día va siendo más indecoroso ocuparse en la política?
32. Caso de consciencia.- En resumen, ¿qué queréis de nuevo? No queremos que las causas sean pecados y los efectos verdugos.
33. En qué nos conocemos.- En cuanto un animal ve otro, se mide con él en su interior, y lo mismo hacían los hombres en las épocas salvajes. De ahí se infiere que cada hombre, casi sin excepción, no aprende a conocerse más que con relación a su fuerza ofensiva y defensiva.
34. El artista.- Los alemanes quieren ser transportados por el artista a una especie de pasión soñada; los italianos quieren que les proporcione un descanso para sus pasiones verdaderas; los franceses una ocasión de demostrar su buen juicio y un pretexto para discursos. ¡Seamos equitativos!
35. Conducirse como un artista con sus debilidades.- Si es forzoso que tengamos debilidades y que las reconozcamos como leves superiores a nosotros, deseo a cada cual suficientes aptitudes artísticas para saber dar relieve a sus virtudes por medio de sus debilidades, de suerte que con sus debilidades nos haga amables sus virtudes. ¡Esto es lo que los grandes músicos han sabido hacer en grado excepcional! En la música de Beethoven hay muchas veces un tono grosero, ergotista, impaciente; en Mozart, un alegría de hombre honrado, que satisface al corazón y al espíritu; en Richard Wagner, una inquietud fugitiva e insinuante, que al más pacienzudo le pone a punto de perder el buen humor en el momento en que el compositor recobra su fuerza, como sucede con los demás. Todos ellos han creado en nosotros, con sus debilidades, un hambre devoradora de sus virtudes y una lengua diez veces más sensible a cada gota de ingenio sonoro, de belleza sonora, de bondad sonora.
36. Orgullo.- ¡Ay! Ninguno de vosotros conoce el sentimiento que experimenta el atormentado después del tormento, cuando le vuelven al calabozo con su secreto dentro, con su secreto que conserva todavía entre los dientes. ¿Cómo queréis conocer el júbilo del orgullo humano?
37. El miedo a la gloria.- -A. Se da el caso de que alguno evite su propia gloria, de que alguien se sienta molestado con los que le ensalzan, de que alguien tema oír los juicios que de él se forman por miedo al egoísmo, se dan caso de estos, ¡creedlo o no lo creáis! -B. ¡Se dan casos, joven arrogante!
38. Castigo.- ¡Qué extraña es nuestra manera de castigar! No purifica al criminal, no es una expiación; por el contrario, degrada más que el mismo crimen.
39. Querer engañarse.- Los hombres envidiosos que tienen muy fino el olfato, no quieren conocer de cerca de sus rivales para poder creerse superiores a ellos.
40. Nefasto.- Con seguridad se echa a perder a un joven enseñándole a apreciar más al que piensa como él que al que piensa lo contrario.
41. Desasirse.- Abandonar algo que es de nuestra propiedad, renunciar a un derecho, place cuando es señal de grandes riquezas. En este terreno hay que colocar la generosidad.
42. Reunión de pensadores.- En medio del devenir nos despertamos en un islote no mayor que una barquichuela, nosotros los aventureros, los pájaros viajeros, y miramos por un momento a nuestro alrededor con toda la precipitación y la curiosidad posibles, pues un golpe del viento puede arrastrarnos a cada instante o una ola barrernos del islote. Y en ese reducido espacio encontramos nuevos pájaros viajeros y oímos hablar de otros más antiguos todavía, y así gozamos de un delicioso minuto de conocimiento y de adivinación gorjeando juntos y agitando alegremente las alas mientras nuestro espíritu peregrina sobre el océano tan orgulloso como el océano mismo.
43. Los calumniadores de la serenidad.- Los hombres a quienes la vida ha inferido alguna herida profunda desconfían de la serenidad, como si fuera siempre pueril y revelarse una sinrazón ante la cual no puede experimentarse más que compasión y lástima. Estos hombres ven debajo de las rosas sepulcros ocultos y disimulados, los placeres, el ruido, la música les parecen las ilusiones voluntarias de un hombre peligrosamente enfermo que quiere aturdirse todavía por un minuto con la embriaguez de la vida. Pero este juicio sobre la serenidad no es más que el reflejo de ésta sobre el fondo obscuro de la fatiga y de la enfermedad; es algo conmovedor, insensato, que excita la compasión; algo pueril, que procede de esa segunda confianza que sigue a la vejez y precede a la muerte.
44. No confundir.- ¡Sí! Examina una cosa por todos lados, y por eso creéis que es un verdadero investigador del conocimiento. Pero lo que quiere es rebajar el precio: ¡quiere comprarla!
45. Nuestra dicha no es un argumento ni en pro ni en contra.- Muchos hombres no son capaces más que de una felicidad mínima, lo cual no es un argumento contra su sabiduría si ésta no puede proporcionarles más dicha, como tampoco es un argumento contra la medicina el que haya enfermos incurables. Lo que se puede desear a cada uno es que tenga la suerte de dar con la concepción de la existencia que pueda hacerle alcanzar su más alta medida de dicha.
46. La escuela del orador.- Cuando se calla durante un año se olvida la charla y se aprende a usar de la palabra. Los pitagóricos eran los mejores hombres de Estado de su tiempo.
47. Aprobar una cosa.- Se aprueba el matrimonio: primero, porque no se le conoce todavía; en segundo lugar, porque estamos acostumbrados a él; y en tercer lugar, porque le hemos contraído. Esto es lo que ocurre en casi todos los casos. Y, sin embargo, nada de esto demuestra la utilidad del matrimonio.
48. Los hombres del azar.- En toda invención corresponde al azar la parte principal, pero la mayoría de los hombres no dan con este azar.
49. Parecer siempre feliz.- Cuando la filosofía era materia de emulación pública en la Grecia del siglo III, había algunos filósofos a quienes hacía felices el pensar en la envida que debía despertar su dicha en los que vivían con arreglo a otros principios y desconfiaban de haber acertado; creían refutar a estos con su felicidad mejor que con ningún argumento, y se figuraban que para lograr este fin les bastaría parecer siempre felices, pero de este modo llegaban necesariamente a la larga a ser felices de veras. Este es el caso de los cínicos, por ejemplo.
50. Lo que nos hace engañarnos frecuentemente.- La moral de la fuerza nerviosa que va en aumento es alegre y agitada; la moral de la fuerza nerviosa que decae (por la noche, después de las fatigas del día, o en los ancianos y los enfermos) impulsa a la pasividad, a la calma, a la espera y a la melancolía, y a veces a las ideas negras. Según poseamos una u otra de estas morales, dejaremos de comprender la que nos falta; y la interpretaremos en los demás como inmoralidad o debilidad.
51. Para elevarse por encima de su bajeza.- Hay individuos orgullosos que para cultivar el sentimiento de su dignidad y de su importancia necesitan valerse de otros hombres a quienes puedan tratar con dureza y zarandear; de hombres cuya impotencia y cobardía permiten que cualquiera se dé tono delante de ellos, con ademanes sublimes y furiosos. Precisa que los que les rodean sean bien poca cosa para que puedan ellos levantarse un momento por encima de su bajeza. Hay quien ha menester para eso de un perro, otros de un amigo, otros de una mujer o un partido, y por último, en casos muy raros, hay quien necesita de toda una época.
52. En qué medida ama el pensador a su enemigo.- No te ocultes ni calles a ti mismo nada de lo que podría oponerse a tus pensamientos. Haz este voto que forma parte de la probidad exigible, en primer término, al pensador. Es menester que cada día hagas también tu campaña contra ti mismo. Una victoria, la toma de una trinchera no te pertenecerá a ti sino a la verdad, y tu derrota tampoco es cosa tuya.
53. En honor de los inteligentes.- En cuanto alguno, sin ser inteligente en una materia, trata de erigirse en juez de ella, hay que protestar inmediatamente, sea hombre o mujer el que lo intente. El entusiasmo o el encanto que podamos sentir delante de una cosa o de un hombre no son un argumento; la repugnancia y el odio no lo son tampoco.
54. Censura significativa.- La frase “no conoce a los hombres” quiere decir en boca de algunos: “no conoce la bajeza”, y en boca de otros: “no conoce lo excepcional y conoce demasiado bien la bajeza”.
55. Dormir mucho. ¿Qué debemos hacer para reanimarnos cuando estamos fatigados y hartos de nosotros mismos? Uno aconseja el juego, otro el cristianismo, otro la electricidad. Pero lo mejor, queridos melancólicos, es dormir mucho, en el sentido propio y en el figurado. Así es como podremos tener de nuevo nuestra mañana. En la sabiduría de la vida es de gran resultado saber intercalar a tiempo ensueño en todas sus formas.
56. Verosímil e inverosímil.- Una mujer amaba en secreto a un hombre, le consideraba muy superior a ella y se decía cien veces en su fuero interno: “Si ese hombre me amase sería una gracia del cielo, ante la cual debería besar el polvo”. Y al hombre en cuestión le pasaba lo mismo con aquella mujer, y en lo íntimo de su alma se repetía palabras semejantes. Cuando al fin sucedió que uno y otro se hablaron y pudieron decirse lo que tan secretamente guardaban en el corazón, hubo entre ellos un silencio, cierta vacilación. Luego, la mujer dijo con voz fría: “Es evidente que no somos uno ni otro lo que habíamos amado. Si tú eres lo que dices y nada más, me he rebajado en vano al amarte; el demonio me ha engañado como a ti”. Esta historia tan verosímil no se realiza jamás: ¿por qué?
57. Consejo práctico.- De todos los medios de consuelo no hay uno tan eficaz para el que lo ha menester como la afirmación de que para su desgracia no hay consuelo. Esto le reviste de tal distinción, que en seguida yergue la cabeza.
58. Jardinero y jardín.- Los días húmedos y sombríos, la soledad, las palabras sin amor engendran deducciones tristes; las vemos aparecer delante de nosotros una mañana, sin que sepamos de dónde vienen. ¡Desgraciado el pensador que no es el jardinero, sino el jardín de sus plantas!
59. Los vanidosos.- Somos como escaparates de tiendas y pasamos el tiempo en colocar, ocultar y poner de manifiesto las supuestas cualidades que los demás nos atribuyen… para engañarnos a nosotros mismos.
60. Bellaquería a conciencia.- Es muy desagradable ser explotado en las pequeñas compras que hacemos en algunos países, por ejemplo en el Tirol; y lo es porque además de haber hecho una mala compra, todavía hay que aguantar la mala cara y la brutal avaricia del comerciante bellaco, así como la mala intención y la grosera hostilidad con que nos trata. En cambio, en Venecia, el que nos ha engañado se regocija de todo corazón de la bellaquería que le ha salido bien, y no tiene mala voluntad al engañado, sino que está dispuesto a hacerle todo género de cortesías y a bromear con él si a ello se prestase. En una palabra, hay que saber ser pillo a conciencia y con ingenio. Esto reconcilia casi al engañado con el engaño.
61. Virtudes peligrosas.- “No olvida nada pero lo perdona todo”. Entonces será doblemente odiado, pues avergonzará doblemente a los demás con su memoria y con su generosidad.
62. Sin vanidad.- Los hombres apasionados piensan poco en lo que piensan los demás; su condición les pone por encima de la vanidad.
63. De caza.- Uno va a caza de verdades agradables, otro de verdades desagradables. El primero se deleitará más con la caza que el segundo.
64. Educación.- La educación es una continuación de la procreación y muchas veces una especie de paliativo ulterior de esta.
65.Olvido peligroso.- Se comienza por perder la costumbre de amar a los demás y se acaba por no hallar en sí mismo nada que sea amable.
66. Orgullosos diferentes.- Hay mujeres que pierden el color al pensar que su amante podría no ser digno de ellas; hay hombres que palidecen al pensar que podrían no ser dignos de su amada. Son mujeres completas y hombres cabales. Esos hombres, que t tienen en circunstancias normales confianza en sí mismos y el sentimiento de la potencia, experimentan, estando enamorados, cierta timidez y una especie de duda de sí mismos. Esas mujeres se consideran siempre como seres débiles, dispuestos al abandono, pero en la excepción sublime del amor tienen su orgullo y su sentimiento del poder que pregunta: ¿quién es digno de mí?
67. Remedium amoris.- En la mayoría de los casos no hay nada más eficaz contra el amor que el antiguo y radical remedio de la correspondencia a ese amor.
68. Dónde está el peor enemigo.- El que sabe dirigir bien un negocio y tiene conciencia, experimenta, por lo común, sentimientos conciliadores. Mas el que cree que lucha por una buena causa y comprende que no es hábil para defenderla, persigue a sus adversarios con odio secreto e implacable.
69. El valor dentro de un partido.- Las pobres ovejas dicen al pastor: “Ve delante, que no nos faltará valor para seguirte”. Y el pobre pastor dice para sí: “Seguidme y no me faltará valor para guiaros”.
70. Agradar a los demás.- ¿Por qué el hecho de causar placer es superior a todos los demás placeres? Porque de esta manera deleitamos a la vez a cincuenta instintos que nos pertenecen. Serán acaso satisfacciones pequeñas, pero se juntan todas en una misma mano y llenan más que nada esa mano y el corazón también.
71. Libertad oratoria.- “Es menester que la verdad se diga aunque el mundo hubiera de romperse en mil pedazos”. Así dijo con su gran boca el gran Fitche. Muy bien; pero lo primero sería poseer esa verdad. Y lo que él pretende es que cada uno diga su opinión aunque se trastorne todo. Eso parece discutible por lo menos.
72. En el gran silencio.- Junto al mar olvidamos la ciudad. Las campanas tocan avemaría fúnebre, pero dulces en la hora vesperal. ¡Esperad un momento! Ya todo calla. El mar se extiende pálido y brillante. No puede hablar. El cielo en esta hora de la tarde juega con colores rojos, amarillentos y verdosos. Hay una profunda quietud. ¡Qué hermosos y qué cruel es ese gran silencio que de repente nos sorprende! Te compadezco, Naturaleza, porque tienes que callarte; aunque sea tu malicia lo que te haga enmudecer, me da lástima tu malicia.
El silencio se hace cada vez mayor y mi corazón se oprime y se espanta de una nueva verdad; tampoco él puede hablar; se ha puesto de acuerdo con la Naturaleza. En medio de este silencio es necia la palabra y el pensamiento mismo; oigo reír detrás de cada frase al error y a la ilusión. ¿Habré de burlarme de mi propia burla? ¡Oh mar! ¡oh tarde! ¡Enseñáis al hombre a dejar de ser hombre! ¡Debe abandonarse el hombre a vosotros y ser como vosotros sois ahora, pálido, brillante, mudo, inmenso, descansado en sí mismo, por encima de sí mismo!
73. ¿A qué la verdad?.- Hasta ahora han sido los errores las potencias más fecundas en consuelos; al presente esperamos los mismos servicios de las verdades reconocidas, mas la espera va haciéndose un poco pesada. ¿Es que las verdades no servirán siquiera para consolar? ¿Saldrá de ahí un argumento contra las verdades? ¿Qué tienen de común con el estado enfermizo de ciertos hombres, para que se les exija ser útiles? Nada se prueba contra la verdad de una planta demostrando que no puede servir para la curación de los enfermos. Mas antaño se creía que el hombre era el fin de la Naturaleza, hasta el punto de admitir sin más averiguación que el conocimiento nada podía revelar que no fuera útil y saludable para el hombre y que nada existía ene. Mundo que no concurriese a este fin.
Acaso se deducirá de esto que la verdad como entidad total no existe más que para las almas fuertes y desinteresadas, alegres y tranquilas (la de Aristóteles).
Por eso la ciencia deleita tan poco a esos otros hombres que le echan en cara su frialdad, su sequedad y su inhumanidad; es el mismo juicio de los enfermos sobre los ejercicios de los que gozan buena salud. Tampoco los dioses de Grecia sabían consolar, y cuando la humanidad griega cayó por fin enferma, perecieron aquellos dioses.
74. El daltonismo de los pensadores.- Los griegos veían la Naturaleza de diferente manera que nosotros, pues es forzoso admitir que en lugar de azul veían un pardo obscuro, y en lugar de verde un amarillo, puesto que expresan con la misma palabra el color de una melena obscura, el de los ancianos y el de los mares meridionales, y con otra palabra el color de las plantas verdes, el de la piel humana, el de la miel y el de las resinas amarillas, de modo que sus pintores, como alguien ha demostrado, no supieron reproducir el mundo que les rodeaba más que con los colores negro, blanco, rojo y amarillo. ¡Cuán diferente debía de parecerles la Naturaleza, y cuánto más cercana al hombre, puesto que para sus ojos los colores del hombre predominaban en la Naturaleza, y éste nadaba en cierto modo en el éter colorado de la humanidad. (El azul y el verde son los colores que más despojan a la Naturaleza de su humanidad.)
Sirva esto de símbolo para otra suposición. Todo pensador pinta su mundo y las cosas que le rodean con menos colores de los que existen y para otros es ciego. Esto no es exclusivamente un defecto. Por virtud de esa simplificación y de esta combinación pone en las cosas armonía de colores que tienen gran encanto y que pueden representar un enriquecimiento de la Naturaleza. Quizá por este camino ha aprendido la humanidad a gozar mirando la vida, por el hecho de que la existencia le fue presentada primeramente con uno o dos tonos, y por consiguiente, de una manera más armoniosa; así se acostumbró, en cierto sentido, a esos tonos simples, antes de pasar a matices más varios. Y todavía hoy se esfuerzan algunos individuos en salir de un daltonismo parcial y llegar a una visión más espléndida y a una diferenciación mayor, con lo cual no sólo encuentran nuevos goces, sino que se ven obligados a abandonar y a perder algunos de los antiguos.
75. El embellecimiento de la ciencia.- Así como se formó el gusto rococó en la horticultura, nacido de este sentimiento: “¡la Naturaleza es fea, salvaje, aburrida; embellezcámosla!” (¡embellecer la Naturaleza!), de igual manera la creencia de que la ciencia es fea, seca, desesperante, difícil, aburrida, y la conclusión de que debemos embellecerla determina siempre la aparición de cierta cosa que se denomina filosofía. Quiere esta lo que quieren todas las artes y todos los poemas: divertir antes que nada. Pero lo quiere hacer de una manera superior, sublime, ante un público de espíritu selecto. Inventar para ella una especie de horticultura cuyo encanto consistiera, como consiste el de la horticultura común, en crear una ilusión óptica (por medio de templetes, “puntos de vista”, laberintos y cascadas, hablando el lenguaje figurado), presentar la ciencia en extracto con toda clase de iluminaciones maravillosas y repentinas, mezclando con ella cierta vaguedad, algo de sinrazón y de ensueño, par poder pasearse a través de ella “como en la naturaleza silvestre”, pero sin trabajo ni aburrimiento, no es corta pretensión. El que está poseído de ella, sueña hasta con hacer superflua la religión que para los hombres del pasado era la más elevada forma del arte de entretener a los mortales.
Esta tendencia va avanzando en su camino para llegar un día al punto culminante, pero ya se dejan oír voces de oposición a la filosofía, voces que gritan: “¡Volvamos a paciencia, a la Naturaleza, a lo natural en la ciencia!”. Comienza acaso una época que descubre la belleza más poderosa precisamente en las partes “salvajes y horribles” de la ciencia, como después de Rousseau se ha descubierto el sentido de la belleza de los lugares alpinos y de los desiertos.
76. También eso es heroico.- Hacer las cosas peor olientes de que apenas nos atrevemos a hablar, pero que son útiles y necesarias, también es heroico. Los griegos no se avergonzaron de contar, entre los trabajos de Hércules, la limpieza de un establo.
77. Las opiniones de los adversarios.- Para medir el grado natural de penetración o debilidad de los cerebros, hasta de los más inteligentes, no hay como fijarse en la manera que tienen de concebir y de expresar las opiniones de sus adversarios: en esto se revela la medida natural de la inteligencia. El sabio perfecto eleva sin querer a su adversario en el ideal que de él se forma, y expurga la contradicción de este de toda mancha y de todo accidente; sólo cuando su adversario se ha convertido en un dios de relucientes armas es cuando lucha contra él.
78. Ver con ojos nuevos.- Suponiendo que la belleza artística siga consistiendo en la representación del hombre dichoso –como lo tengo por cierto- según le concibe una época, un pueblo o un gran hombre que puede imponer las leyes de su gusto, ¿qué revelaciones ofrecerá sobre la dicha contemporánea el arte de los actuales artistas denominado realismo? Es indudable que esta es la forma de belleza que comprendemos ahora más fácilmente y que sabemos gozar mejor. Por consiguiente, hay que inferir que la felicidad actual, nuestra felicidad, se complace en el realismo con sentidos todo lo agudo que cabe y un concepto todo lo fiel posible de la realidad; pero lo que le deleita no es la realidad misma, sino el saber acerca de la realidad. Las conclusiones de la ciencia han progresado tanto en profundidad y en amplitud que los artistas del siglo se han tornado sin querer en los glorificadores de la “suprema dicha” científica.
79. No perecer imperceptiblemente.- No de una vez, sino continuamente, se esterilizan nuestra capacidad y nuestra grandeza; la vegetación parasitaria que brota por todas partes destruye lo que hay de grande en nosotros: la pequeñez de lo que nos rodea, de lo que tenemos delante de los ojos todos los días y a todas las horas, las mil raicillas de tal o cual sentimiento mezquino que brota alrededor de nosotros, todo contribuye. Si dejamos crecer esa mala hierbecilla, sin que lo advirtamos, nos hará perecer imperceptiblemente. ¡Si queréis perderos, vale más que sea de un golpe y de repente; al menos quedarán de vosotros ruinas altivas y no topineras, como es de temer ahora! El musgo y la mala hierba tapan esas toperas, indicios de pequeñas victorias, humildes como las de ayer y demasiado mezquinas para triunfar definitivamente.
80. Privilegios.- Aquel que es verdaderamente dueño de sí mismo, es decir, que se ha conquistado definitivamente, considera de allí en adelante como un privilegio suyo el castigarse, el indultarse, el compadecerse a sí mismo. No necesita conceder estas facultades a nadie, pero puede fiarlas libremente a otro, por ejemplo a un amigo, pues sabe que al hacerlo le confiere un derecho y que para otorgar derechos hay que fundarse en la posesión del poder.
81. Señales características de la felicidad.- Todas las sensaciones de felicidad tiene de común dos cosas: la plenitud del sentimiento y la petulancia que se deriva de él; de suerte que el hombre dichoso está en su elemento como el pez en el agua.
82. El hombre y las cosas.- ¿Por qué no ve el hombre las cosas? Tropieza consigo mismo en el camino y se tapa las cosas.
83. Sobre la educación.- Poco a poco he visto claro cuál es el defecto más general de nuestra manera de enseñar y de educar. Nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad.
84. Cómo se engañan los más nobles.- Acabamos por dar a alguno lo mejor que tenemos, nuestro tesoro. Al amor no le queda ya nada que dar; pero el que lo acepta no encuentra allí lo que él tiene de mejor, y por consiguiente le falta aquella plena y última gratitud con que contaba el que hizo el don.
85. Maestro y discípulo.- Es menester que el maestro ponga en guardia contra sí mismo al discípulo. Esto forma parte de su humanidad.
86. Lo que sería una vida.- ¡Ay! ¡Cómo me repugna imponer a otro mi propio pensamiento! Quiero regocijarme por cada pensamiento que me viene, por cada cambio secreto que se opera en mí y en el cual las ideas de otro se sobreponen a las mías propias. Pero de vez en cuando llega una fiesta mayor todavía, cuando nos es dable difundir nuestros bienes espirituales, como el confesor que, sentado en el confesionario, espera que venga alguien necesitado de consuelo que le hable de la miseria de sus pensamientos a fin de llenarle de nuevo el corazón y la mano y de aliviar su alma inquieta. El confesor rehúye la gloria de este bien que hace; querría hasta liberarse de la gratitud, que parece indiscreta y sin pudor ante la soledad y el silencio. Vivir sin fama, o siendo objeto de amistosas burlas, demasiado obscuramente para despertar la envida y la enemistad, armado de un cerebro sin fiebre, de un puñado de conocimientos y de un bolsillo lleno de experiencia; ser en cierto modo el médico de los pobres de espíritu; ayudar a este otro, cuando su cabeza está perturbada por opiniones, sin que el favorecido advierta que se le ayuda. Ser como una posada modesta, abierta a todos, pero que se olvida en seguida o inspira burlas. No aventajar en nada, ni en alimentación mejor, ni en aire más puro, ni en espíritu más alegre, pero dar siempre, devolver, comunicar, empobrecerse. Saber hacerse pequeño para volverse accesible a muchos, sin humillar a nadie. Tomar sobre sí muchas injusticias y arrastrarse como gusanos entre toda clase de errores, para poder llegar, por sendas secretas, a lo íntimo de muchas almas cerradas. Obrar siempre con el mismo género de amor y con el mismo egoísmo y el propio goce de sí mismo. Hallarse en posesión de un poder, y sin embargo permanecer oculto, renunciando a él. Estar echado continuamente al sol de la dulzura y de la gracia, cuando el acceso a lo sublime está al alcance de nuestra mano. Eso sería una vida, eso sería una razón para vivir mucho tiempo.
87. Hic Rhodus hic calta.- Nuestra música, que puede revestir todas las formas y que puede y debe transformarse porque, a semejanza del demonio del mar, en sí no tiene carácter propio, esta música tentó antaño el espíritu del sabio cristiano, traduciendo en armonías su idea: ¿por qué no ha de dar al cabo con las armonías más claras, más alegres, más universales, correspondientes al pensador ideal? ¿por qué no ha de haber una música que sepa mecerse familiarmente bajo las vastas bóvedas flotantes de su alma? Nuestra música ha sido hasta ahora tan grande y tan buena que para ella no hay imposibles. Que nos muestre, pues, cómo es capaz de sentir a la vez estas tres cosas: la grandeza, la luz interna y cálida y el goce de la más elevada lógica.
88. Curaciones lentas.- Las enfermedades del cuerpo, como las del alma, rara vez provienen de un solo y grave exceso, sino por lo general tienen su origen en innumerables negligencias menudas; casi imperceptibles. Por ejemplo, el que día por día, en grado insignificante, respira demasiado débilmente y aspira una cantidad de aire demasiado escasa en los pulmones, acaba por adquirir una neumonía crónica. En estos casos la curación no puede conseguirse más que corrigiendo insensiblemente los hábitos nocivos por medio de costumbres contrarias.
Todas estas curaciones son lentas y minuciosas, y el que quiere curar su alma debe cambiar también hasta sus más pequeños hábitos. Uno dirige diez veces al día una palabra glacial y maligna a los que le rodean y no le da importancia alguna, sin pensar en que al cabo de algunos años se ha creado un hábito que en lo sucesivo le obliga a indisponerse diez veces al día con los que le rodean. Pero también puede acostumbrarse a hacerles diez beneficios.
89. El séptimo día.- ¿Alabáis esto como obra mía? No he hecho más que arrancar de mí lo que me importunaba. Mi alma se ha elevado por encima de la vanidad de los creadores. ¿Alabáis en esto mi resignación? No hice más que arrancar de mí lo que importunaba. Mi alma se ha levantado por encima de la vanidad de los resignados.
90. Inconveniente de la gloria.- ¡Qué ventaja la de poder hablar a los hombres como un desconocido! Los dioses nos arrebatan la mitad de nuestras virtudes al arrebatarnos el incógnito haciéndonos célebres.
91. Los únicos caminos.- “La dialéctica es el único camino para llegar al ser divino, para penetrar detrás del velo de la experiencia”; esto es lo que sostenía Platón con tanta pasión y tanta solemnidad como sostenía Schopenhauer lo contrario, y ambos se engañaron. Todas las grandes pasiones de la humanidad, ¿no fueron hasta ahora pasiones por la nada? Y todas las solemnidades de la humanidad, ¿no fueron solemnidades por una nada?
92. Dos alemanes.- Si comparamos a Kant y Schopenhauer con Platón, Spinoza, Pascal, Rousseau, Göethe, no en el talento sino en el alma, se advertirá que los dos primeros pensadores quedan en posición desfavorable: sus ideas no representan la historia de un alma apasionada, no hay en ellas una novela que adivinar, nada de crisis, de catástrofes, de horas de angustia; su pensamiento no es al mismo tiempo la biografía involuntaria de un alma; en el caso de Schopenhauer la descripción y el reflejo de un carácter (de un carácter inmutable), y en ambos el placer que produce por sí mismo el espejo, es decir, la alegría de hallar una inteligencia de primer orden. Kant se nos presenta, al transparentarse detrás de sus ideas, honrado en toda la extensión de la palabra, pero insignificante; carece de amplitud y de potencia; ha vivido pocas cosas, y su manera de trabajar le roba el tiempo que necesitaría par vivir: no hablo, entiéndase bien, de groseros acontecimientos exteriores, sino de las oscilaciones y los destinos a que está sujeta el alma más solitaria y silenciosa, cuando tiene sus ocios y se consume en la pasión y en la meditación. Schopenhauer tiene cierta ventaja sobre aquél. Posee al menos cierta fealdad violenta de carácter, en el odio, en los deseos, en la vanidad, en la desconfianza; tiene tiempo y ocios para permitirse esa ferocidad. Pero le faltaba la evolución, lo mismo que faltaba a su círculo de ideas; no tenía historia.
93. Elegir las compañías.- ¿Es pedir demasiado buscar la compañía de hombres que se han vuelto dulces, de gusto agradable y nutritivo como las castañas puestas a asar en sazón y retiradas a tiempo del horno; de hombres que esperan poco de la vida y prefieren aceptarla como un regalo a merecerla, como si los pájaros y las abejas se la trajeran, de hombre que son demasiado orgullosos para sentirse jamás recompensados y demasiado serios en su pasión por el conocimiento y la rectitud para tener tiempo y gusto que consagrar a la gloria? A estos hombres llamamos filósofos, pero ellos siempre encuentran para sí un nombre más modesto.
94. Perspectivas lejanas.- – A. Pero ¿a qué esta soledad? – B. No estoy incomodado con nadie, mas cuando estoy solo me parece que veo mejor a mis amigos, que les veo a una luz más favorable que cuando estoy a su lado. Cuando gustaba más de la música y cuando la sentía con mayor exactitud era cuando vivía lejos de ella. Parece que me son necesarias las perspectivas lejanas, para pensar bien de las cosas.
95. Vergüenza.- El hermoso corcel piafa y relincha deseoso de emprender la carrera, esperando impaciente al que le monta de ordinario; pero ¡oh vergüenza! El jinete no puede colocarse en la silla; está cansado. Esta es la vergüenza que el pensador fatigado siente delante de su propia filosofía.
96. De su propio árbol.- -A. No me agradan las ideas de ningún pensador tanto como las mías; verdad es que esto no prueba nada a favor de mis ideas, pero sería una locura por mi parte prescindir de frutos sabrosos para mí, sólo porque esos frutos han nacido por casualidad en mi árbol. En otro tiempo hice esa locura. –B. A otros les sucede lo contrario, y esto no quiere decir nada tampoco respecto del valor de sus ideas ni mucho menos en contra de ese valor.
97. Nuestros maestros.- Durante la juventud tomamos maestros y conductores en el presente y en la esfera en que el azar nos coloca. Tenemos la convicción infundada de que en el momento presente debe de haber maestros que puedan servirnos mejor que a cualquier otro y que hemos de hallarlos sin buscarlos. Esta niñería nos hace padecer mucho cuando pasa el tiempo: hay que expiar sus maestros en uno mismo. Entonces se recorrerá acaso el mundo entero, presente y pasado para buscar los verdaderos guías, pero será demasiado tarde quizás. Y en el mejor caso descubriremos que vivía cuando éramos jóvenes y que nos equivocamos en la elección de maestros.
98. El principio malo.- Platón demostró maravillosamente que en toda sociedad constituida el pensador filosófico tiene que ser considerado fatalmente como el tipo de toda maldad, pues en cuanto crítico de las costumbres morales es el contrario de todo hombre moral, y si no consigue llegar a ser el legislador de nuevas costumbres morales su recuerdo quedará en la memoria de los hombres bajo el nombre de “principio malo”. Podemos adivinar por esto lo que dio la ciudad de Atenas, muy liberal e innovadora, a la reputación de Platón en vida de éste; y ¿qué de extraño tiene que así fuera si el filósofo que, como decía él mismo, tenía el instinto político en la masa de la sangre, hizo tres veces una tentativa de reforma en Sicilia, donde se estaba organizando entonces un Estado griego mediterráneo? En ese Estado pensaba hacer Platón con los griegos lo que luego hizo Mahoma con los árabes: reglamentar los usos y costumbres grandes y pequeños en la vida cotidiana de cada hombre. La realización de sus ideas era posible como lo fue la de las de Mahoma: ¿no se ha demostrado que ideas mucho más increíbles todavía, como las del cristianismo, eran realizables? Algún azar de menos o de más, y el mundo hubiese presentado la platonización del Mediodía europeo, y suponiendo que durase todavía ese estado de cosas, sería probable que adorásemos ahora a Platón como principio del bien. Mas le falta el buen éxito, y por eso conserva la reputación de un soñador y de un utopista, y eso que los epítetos más duros han desaparecido con la antigua Atenas.
99. No querer servir de símbolo.- Compadezco a los príncipes. No les es lícito anularse de vez en cuando en sociedad, y por eso no aprenden a conocer a los hombres más que en una postura incómoda y en un constante disimulo; la obligación continua de representar algo acaba por convertirles en solemnes nulidades. Y lo mismo les sucede a todos los que tienen el deber de ser símbolos.
100. Maestría.- Se ha llegado a la maestría cuando no se yerra ni se vacila en la ejecución.
101. Aprender.- Miguel Ángel veía en Rafael el estudio, en sí mismo, la Naturaleza; en aquel el arte aprendido, en sí mismo el don natural. Esto era, sin embargo, una pedantería, dicho sea sin intención de faltar al respeto a aquel gran pedante. ¿Qué es el talento sino el nombre que damos a un estudio anterior, a una experiencia, a un ejercicio, a una asimilación, a una apropiación, estudio que se remonta acaso a nuestros padres o más lejos todavía? Además, el que aprende se crea sus propios dones. No es fácil aprender, ni basta para ello la buena voluntad; se necesita poder aprender. En los artistas suele ser un obstáculo la envidia o ese orgullo que se pone a la defensiva en cuanto se dibuja el sentimiento de algo extraño, en vez de ponerse en estado e recibirlo. Rafael no tenía ni esa envidia ni ese orgullo, como tampoco los tenía Göethe, y por eso fueron ambos grandes aprendices y excelentes explotadores de los filones formados por el desplazamiento de los estratos o por la genealogía de los de lo antepasados. Rafael se eclipsa, desaparece de nuestra vista cuando aprende todavía y se ocupa en asimilarse lo que su gran rival llamaba su naturaleza. Todos los días aquel noble ladrón arranca un pedazo de ella; pero antes de haber transportado a sí todo Miguel Ángel muere, y la última serie de sus obras, principio de un nuevo plan de estudios, es menos perfecta y precisamente porque el gran aprendiz se vio perturbado por la muerte en el cumplimiento de lo más difícil de su misión y se llevó a la tumba el último fin justificador al cual aspiraba.
102. Conocimiento y belleza.- Si los hombres reservan siempre su veneración y su sentimiento de deleite para las obras de la imaginación, y de la idea, no es extraño que experimenten frialdad y disgusto ante lo contrario a la imaginación y a la idea. El encanto que nos produce el menor paso hacia delante, seguro y definitivo, que da el conocimiento desde el punto a que ha llegado actualmente la ciencia, es un sentimiento frecuente y casi universal. Pero por el momento no lo experimentan aquellos que se han acostumbrado a no ser transportados más que abandonando la realidad, dando un salto en las profundidades e la apariencia. Creen estos que la realidad es fea y no advierten que el conocimiento de la realidad más fea es, sin embargo, bello, y que el que conoce con frecuencia y mucho, acaba por hallarse muy distante de encontrar feo el conjunto de realidad que tanto placer le proporciona. ¿Hay algo que sea bello en sí? El placer de los que conocen aumenta la belleza del mundo y solea todo lo que existe. El conocimiento no sólo envuelve las cosas en su belleza, sino que también introduce su belleza, de un modo duradero, en las cosas. ¡Que la humanidad de lo porvenir sea testigo de esta afirmación! Entretanto, acordémonos de un antiguo experimento: dos hombres, tan radicalmente distintos como Platón y Aristóteles, coincidieron en la manera de apreciar lo que constituía la felicidad suprema, no sólo para ellos y para la generalidad de los hombres, sino la felicidad en sí misma, hasta para los dioses. Veían ambos la felicidad en el conocimiento, en la actividad de la razón, ejercida en descubrir y en inventar (y de ninguna manera en la instrucción, como dicen los teólogos y semiteólogos alemanes, ni en la visión, como quieren los místicos, ni menos en las obras, en el trabajo, como entie4nden los prácticos). Descartes y Spinoza sostienen el mismo parecer; ¡cómo han debido de gozar todos del conocimiento! ¡Y qué peligro para la lealtad había en que se volviesen panegiristas de las cosas!
103. Las cuatro virtudes.- Leal con nosotros mismos y con los que aún son nuestros amigos; valiente frente al enemigo; generoso con el vencido; cortés siempre: así quieren que seamos las cuatro virtudes cardinales.
104. Lo que está a nuestro alcance.- Podemos proceder con nuestros instintos como un jardinero y –lo que pocos saben-, cultivar los gérmenes de la ira, de la compasión, de la sutileza, de la vanidad, de manera que se hagan tan fecundos y productivos como un hermoso frutal; se puede hacer esto con el buen o el mal gusto de un jardinero, a estilo francés, o inglés, u holandés, o chino; también se puede dejar en libertad a la Naturaleza y cuidar solamente de que haya un poco de limpieza y de orden; y por último, se puede, sin ciencia alguna ni razón directora, dejar crecer las plantas con sus ventajas y sus obstáculos naturales, entregándolas a la lucha que entre sí sostienen; hasta se puede tener afición a ese caos y perseguir el placer que proporciona, a pesar del aburrimiento que hay que vencer. Todo esto está a nuestro alcance; pero, ¿cuántos saben que está a nuestro alcance? ¿No se consideran a sí mismos casi todos los hombres como hechos consumados, que han llegado a la madurez? ¿No ha habido grandes filósofos que han puesto su sello a esta preocupación, al abrazar la doctrina de la inmutabilidad del carácter?
105. Iluminar la felicidad.- Los pintores no consiguen reproducir por ningún medio el tono profundo y luminoso del cielo, tal como existe en la Naturaleza. Por consiguiente, se ven obligados a usar en todos los colores de que han menester para pintar un paisaje de algunos matices más suaves y más bajos que los que muestra la realidad. Así es como consiguen alcanzar, por medio de los artificios de la paleta, una semejanza en el brillo y una armonía de tonos que corresponde con la Naturaleza. Del mismo modo, es menester que los poetas y los filósofos, para quienes el brillo resplandeciente de la felicidad es inasequible, salgan del paso imitándola. Dando a todas las cosas un colorido algo más sombrío que el que verdaderamente tienen, la luz de que ellos pueden disponer produce casi el efecto de resplandor solar y se asemeja a la luz de la plena felicidad.
El pesimista que da a todas las cosas los colores más obscuros, más sombríos, se vale de llamas y de relámpagos, de auroras boreales y de todo aquello que posee una fuerza luminosa muy viva y hace que vacilen los ojos; la claridad le sirve para aumentar el horror de las cosas y para representarlas más horribles de lo que son en realidad.
106. Vivir con economía.- La manera de vivir más barata y más libre de cuidados es la del pensador, pues para decir sin dilaciones lo importante es él quien necesita de las cosas que los demás desprecian y abandonan. Además se satisface fácilmente y no conoce los caminos costosos por donde otros se dirigen al placer; su trabajo no es duro, sino en cierto sentido meridional; no amarga el remordimiento sus días ni sus noches; se mueve, come, bebe y duerme en la medida que conviene a su espíritu, para que éste se vuelva cada más tranquilo, más fuerte y más claro; su cuerpo le regocija y no tiene motivos para temerle; no necesita de la sociedad, a no ser de vez en cuando, para volver en seguida con más vivo amor a la soledad; los muertos le indemnizan de los vivos y hasta encuentra con quién remplazar a los amigos, evocando de entre los muertos a los mejores que han vivido en el mundo. Véase si no son los deseos y las costumbres contrarias los que hacen penosa la vida de los hombres, e insoportable a veces. En otro sentido, la vida del pensador es costosa; hay poco bueno para él, y verse privado de lo mejor sería una privación insoportable.
107. Farmacia militar del alma.- ¿Cuál es el medicamento más eficaz? La victoria.
108. No olvidarlo.- Cuanto más nos elevamos, más pequeños parecemos a los que no saben volar.